Clemente Amago López Villar

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Clemente Amago López Villar, represaliado por el franquismo, fusilado el 2 de septiembre de 1936 en Lugo.[1]

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[editar] Biografía

Clemente era de San Tirso de Abres. Era labrador y tenía 40 años cuando fue fusilado.[1]

Clemente Amago López Villar nació en 1898 en Santiso d’Abres, en el seno de una familia de labradores con 4 hijos y otras tantas vacas. En 1922 emigró a Argentina para trabajar en San Francisco (Córdoba), en la hacienda que allí poseía su tío José María Villa Fernández. En 1926 regresó a España, contrajo matrimonio con Regina Llenderozos, y se fueron a vivir a Asturias dedicándose a la agricultura y la ganadería. Estaba afiliado a la AS de Santiso d’Abres (Asturias) donde era concejal desde febrero de 1936, y alcalde desde Marzo.

Las tropas nazionales avanzaron hacia Asturias entrando por Santiso d’Abres. Las casas del alcalde y los concejales sufrieron contantes registros y amenazas por parte de la guardia civil. El 20 de septiembre los fascistas acudieron a casa de Clemente, pero escapó ocultándose dentro de un viejo castaño hueco sin darse cuenta de que algunos vecinos le habían visto. Le delataron: Su hijo José Manuel, tenía 9 años cuando unos militares franquistas de Lugo y Cotarelo lo detuvieron y se lo llevaron, fue el preludio de una agonía terrible.

El ensañamiento con Amago fue singular. Fue torturado y molido a golpes en el cuartel de los falangistas. Su mujer y su hijo de 9 años lo vieron por última vez, moribundo, en un camión camino de Lugo. Ni de él ni de sus restos supieron nada nunca más. A Clemente Amago, labrador y socialista, le asesinaron por ser alcalde legítimo de Santiso d’Abres. Igual les ocurrió a otros concejales. No les perdonaron haber sido elegidos en las urnas.

Un vecino contó a su hijo que “a mi padre lo habían enterrado en una fosa del cementerio de Vilameá, en A Pontenova”. En el camposanto había 7 u 8 asesinados con certificado de defunción, y otros tantos cadáveres de hombres de identidad desconocida, probablemente uno era Clemente. Días después, el jefe de la falange dio aviso para que la familia fuese a recoger el reloj de Clemente. Los asesinos no se quedaron con el reloj porque las agujas se habían quedado paradas. Era un regalo de Regina, pero se le cayó al agua y nunca más volvió a dar la hora. Además, querían dejar patente su poder e impunidad, y, al tiempo, infundir terror, sembrar el pánico.

Un adepto al régimen recomendó al hermano de Regina, Ramón Llenderozos, concejal de Santiso, que se presentase ante las autoridades de la capital lucense porque, como no había cometido ningún delito, no debía temer represalias. Así lo hizo Ramón acompañado de su cuñado, Manuel García Miranda. No fue un consejo acertado. Nunca regresaron. La única noticia sobre ellos es que están enterrados en una fosa común en Rábade.

El “paseo” estaba vinculado a un ritual: “El saqueo de la víctima tras su asesinato era la norma. Le quitaban el dinero, el reloj, el abrigo, los zapatos, el cinturón y hasta la boina”, asegura el historiador Xosé Ramón Ermida. Fue un hecho recurrente. La historiadora Ana Cabana Iglesia, cuenta que los matones falangistas lucían el botín y los enseres sustraídos delante de vecinos y familias de las víctimas, para mayor escarnio. Quedarse con las pertenencias de un muerto era degradante. Ese reloj que identificaba al propietario, funcionaba para el represor como un trofeo. En las comunidades rurales el reloj se heredaba de padres a hijos; cuando un falangista asesinaba a un Republicano y le robaba el reloj de bolsillo, rompía la memoria cotidiana y viva del represaliado, la cadena que mantenía unidos a aquellos hombres con sus antepasados.


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[editar] Referencias

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